Capítulo XXIII
XXIII El pobre Augusto estaba consternado. No era sólo que se encontrase, como el asno de Buridán, entre Eugenia y Rosario; era que aquello de enamorarse de casi todas las que veía, en vez de amenguársele, íbale en medro. Y llegó a descubrir cosas fatales. —¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡vete, déjame solo! ¡Anda, vete!—le decía una vez a su criada. Y apenas ella se fué, apoyó los codos sobre la…
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