Capítulo XII
XII —Señorito—entró un día después a decir a Augusto Liduvina—, ahí está la del planchado. —¿La del planchado? ¡Ah, sí, que pase! Entró la muchacha llevando el cesto del planchado de Augusto. Quedáronse mirándose, y ella, la pobre, sintió que se le encendía el rostro, pues nunca cosa igual le ocurrió en aquella casa en tantas veces como allí entró. Parecía antes como si el señorito ni la hubiese…
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