Libros / Poesías completas / Capítulo 36
LVI
LVI Sonaba el reloj la una dentro de mi cuarto. Era triste la noche. La luna, reluciente calavera, ya del cénit declinando, iba del ciprés del huerto fríamente iluminando el alto ramaje yerto. Por la entreabierta ventana, llegaban a mis oídos, metálicos alaridos de una música lejana. Una música tristona, una mazurca olvidada, entre inocente y burlona, mal tañida y mal soplada. Y yo sentí el estupor del alma cuando bosteza, el corazón, la cabeza, y... morirse es lo mejor. LVII CONSEJOS
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