Capítulo XXXII
XXXII Aquella misma noche se partió Augusto de esta ciudad de Salamanca adonde vino a verme. Fuése con la sentencia de muerte sobre el corazón y convencido de que no le sería ya hacedero, aunque lo intentara, suicidarse. El pobrecillo, recordando mi sentencia, procuraba alargar lo más posible su vuelta a su casa, pero una misteriosa atracción, un impulso íntimo le arrastraba a ella. Su viaje fué…
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