Capítulo XVIII
XVIII —¡Hola, Rosarito!—exclamó Augusto apenas la vio. —Buenas tardes, don Augusto—y la voz de la muchacha era serena y clara y no menos clara y serena su mirada. —¿Cómo no has despachado con Liduvina como otras veces en que yo no estoy en casa cuando llegas? —¡No sé! Me dijo que me esperase. Creí que querría usted decirme algo... «Pero ¿esto es ingenuidad o qué es?», pensó Augusto y se quedó un…
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